Miércoles 7º de Pascua (B)

Lectura del santo evangelio según san Juan (17,11b-19):

En aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos al cielo, oró, diciendo: «Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo guardaba en tu nombre a los que me diste, y los custodiaba, y ninguno se perdió, sino el hijo de la perdición, para que se cumpliera la Escritura. Ahora voy a ti, y digo esto en el mundo para que ellos mismos tengan mi alegría cumplida. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos en la verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Y por ellos me consagro yo, para que también se consagren ellos en la verdad.»

Comentario

Que sean uno, como nosotros

Jesús sigue rezando por los suyos, que somos todos nosotros. Si el Evangelio, toda la infinita riqueza de la Palabra viva que edifica, pudiera reducirse a líneas maestras, en este párrafo sería algo así: apelación a la unidad tomando como ejemplo la comunión divina de la Trinidad; perseverancia de los apóstoles para que ninguno se pierda; el mundo, al que ya han dejado de pertenecer, contra ellos; y envío a la misión de cada uno reproduciendo el envío del Hijo por parte del Padre. Y en esas cuatro líneas estratégicas -por usar expresiones del “management” tan en boga- está resumido el anuncio inminente de Pentecostés: la comunidad orante encerrada por miedo a las represalias que es enviada tras la efusión del Espíritu Santo con renovadas fuerzas. En esa frase, la primera palabra es comunidad, sinónimo de unión. Para resistir los embates del mundo. «Que sean uno, como nosotros, le pide al Padre». ¡Que seamos uno, expresamos hoy sus discípulos!

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