¿Querencia por la muerte? La responsabilidad en quiebra

Lamentablemente el negacionismo se ha convertido en el santo y seña de ciertos colectivos. Y la realidad, la verdad, los hechos constatados van y vienen al arbitrio de quien los juzga. Nada nuevo. Puro relativismo y un reduccionismo generado por intereses diversos. Por ejemplo, no conviene admitir el Holocausto y se censura. Resulta incómodo reconocer otras graves tropelías y se suavizan y se justifican. El siguiente paso es negar que sucedieron. Y lo más reciente: rechazar la idea de que un virus está castigando al mundo entero. Por supuesto quien se empecina en defender esta absurda tesis sin fundamento, se opondrá a respetar todo protocolo encaminado a protegerse. De ahí el que se ponga en solfa el uso de las mascarillas y mantener la distancia social.

La cuestión es que el peligro de ciertas modas, como esta, no se circunscribe únicamente a quien las sostiene. Lo grave es que la irresponsabilidad compartida tiene un efecto boomerang en otras personas que ven puestas en riesgo sus vidas, incluso la pierden. Ya no son solamente los ancianos; el virus no es selectivo, ataca a todos aunque algunos sean más vulnerables.

Esos grupos que se reúnen para seguir alimentando el vacío interior que les anima quebrantando las indicaciones que las autoridades están dando para controlar la situación ¿es que tienen querencia por la muerte? En todo caso, no debe ser la suya a menos que busquen el suicidio. Y que fenezcan los demás parece que tampoco les importa, de lo contrario no se explica la falta de consideración con los sanitarios que están de nuevo al borde de la extenuación. Esta realidad social que siembra amargura en toda persona con sentido común, y que causa al tiempo la natural indignación, ¿también hay que negarla? Y la responsabilidad personal, ¿dónde se la deja? ¿Tan asfixiante les resulta su existencia que necesariamente han de llenarla con desatinos? ¿No se puede vivir sin botellón o celebraciones que incumplen las normas?

Por fortuna, no todos los ciudadanos son tan inconscientes. Muchísimas personas temen al contagio, les horroriza ver cómo se cierran negocios, cómo se pierden puestos de trabajo, cómo se va entrando en un escenario de miseria y cómo se van engrosando las filas de los ataúdes, sin haber hallado una válvula de escape para huir de esta pandemia.

Pero no cerremos los ojos a la realidad. Sin una educación consistente, que enseñe el respeto, el valor de establecer esos límites que van a mostrar lo que es correcto y lo que no lo es desde la infancia, descubrir el alcance de la verdadera libertad que culmina con el reconocimiento de la ajena, y que por tanto no podemos hacer lo que nos venga en gana cuando nos parezca, no habrá modo de construir una sociedad verdaderamente desarrollada. El progreso no está solamente en las tecnologías. Reside en lo que cada uno está dispuestos a realizar en bien de los demás aunque eso cueste sacrificios. Somos sujetos de derechos y deberes. Y aunque este declive de la responsabilidad discurra parejo a un tiempo en el que la licencia para muchas acciones indeseables parece ser gratuita, la situación puede revertirse con los mecanismos que existen. Y, fundamentalmente, vuelvo a reiterar, en la actitud personal que adoptemos. O por decirlo con otras palabras: «La protección de nuestro mundo se encuentra en el corazón humano, en el pensamiento humano, en la responsabilidad humana» (Vaclav Havel).

Isabel Orellana Vilches