“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.” (Lucas 23, 46).

Vivimos en una sociedad de la productividad, de la meritocracia, del tanto tienes tanto vales, de la posverdad. El cristiano cae en demasiadas ocasiones en los males de este mundo, así muchas veces medimos la iglesia por el atractivo del templo o del predicador, otras podemos incurrir en elegir la parroquia por el número de personas o la edad de estas, incluso buscamos la comodidad de los horarios que mejor nos vienen para seguir nuestro caminar diario.

Cristo no utiliza otra medida

que no sea la de vaciarse por completo,

Cristo desgasta su vida

en sacar fuera todo lo que lleva dentro.

Agotado llega Nuestro Señor al último momento, vacío de darse por entero, sin dejar nada para otro momento. Él es generosidad sin límites, tanto que si su cuerpo asciende al cielo solo es para descender luego en el Santísimo Sacramento. En el cansancio, en el cansancio extremo, surgen las pasiones más profundas, así a algunos le aparece el genio y el carácter fuerte, otros se vuelven débiles e incapaces, y otros ofrecen sus manos para que otros se levanten.

En los momentos difíciles, en el dolor del cansancio, en el extremo del manto, allí, allí distinguimos los miedos, lo auténtico y lo falso.

El cómo respondemos en esos momentos depende mucho de cómo nos hemos preparado en los momentos de calma, de hecho los momentos de tranquilidad son para prepararse para los momentos de dificultad. De este modo, hemos de aprovechar y disfrutar todo el tiempo que estemos en ese confort para madurar, crecer, aprender e ir puliendo nuestros defectos y brillando las virtudes. De este modo cuando lleguen las nubes de la oscuridad sabremos ver por encima el cielo de la resurrección.

Aprovecha el tiempo, saca lo mejor de ti,

prepara tu alma para los momentos difíciles,

así descubrirás el valor de vivir.

El último suspiro de una persona paraliza el aire a su alrededor, deja a todos en la certeza de cuánto tiene Dios y que vacío es estar sin el otro. Cristo es capaz de todo, pero no cambiará el final de este mundo, pues para eso está el otro, ese en el que vivimos juntos, vivimos eternos, vivimos en amor, y vivimos sin miedos.

Cristo ha resucitado, pero para ello antes por nosotros se ha entregado.

Entrega tu vida a tus hermanos, y así descubrirás el cielo en tus manos.

Por Carlos Carrasco Schlatter

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