¿Por qué los católicos celebramos el santo u onomástica?

El  “día en que una persona celebra su santo”, en España se emplea la forma femenina onomástica, mientras que en América Latina se emplea, frecuentemente, el masculino onomástico.

En la historia del pueblo de Israel que nos narra la Biblia, Dios cambia y pone el nombre de las personas para indicar su misión en la vida, como son los casos de Abraham, Sara, Jacob o, el cambio de nombre de Simón a Pedro que realiza Jesús.

Fue, nada menos, que Cicerón el que introdujo el concepto y el nombre de dies onomástica para referirse a la celebración del nombre.

Antiguamente, por referencias de los historiadores, sabemos con certeza que también se celebraba. Eran normalmente los niños los que componían y ensayaban en la escuela ingenuos poemas que recitaban en la fiesta que dedicaban al homenajeado. Nos habla de ello especialmente Jenofonte en la Ciropedia.

La fiesta onomástica (la de celebración anual del propio nombre) es común a casi todas las culturas por una razón muy simple, y es que el nombre era la materia prima de la celebración del cumpleaños; es decir que si el cumpleaños aportaba la fecha, el nombre aportaba el contenido de la celebración.

Este rito tenía la fuerza no sólo “religiosa”, sino también jurídica de vincular al neonato con toda la familia; de injertarlo en el árbol genealógico.

Con el paso de los siglos, esta costumbre se cristianizó, celebrando la onomástica en el día de la fiesta del santo con el mismo nombre, aunque no coincidiera con la fecha de nacimiento.

Actualmente se suele escoger el nombre del recién nacido por preferencia, aunque, a veces, también se escoge el nombre de algún santo esperando la protección a nuestro hijo en su vida futura. También es frecuente  poner a nuestros hijos el mismo nombre del padre, de la  madre, de los abuelos o algún familiar querido.

En cualquier caso, la Iglesia, al canonizar a miles de mártires y santos, lo ha hecho con la finalidad de proporcionarnos modelos de las muchas y diferentes maneras de seguir e imitar a Jesucristo.

De muchos de ellos tenemos biografías bastante completas, aparte de esculturas y pinturas, de mayor o menor calidad pero, siempre llenas de piedad y, de acuerdo a las formas de manifestarse la piedad en cada época y lugar.

Los santos interceden por nosotros a través y por los méritos de Jesucristo, efectivamente el único mediador. Los santos pueden interceder por nosotros precisamente por su unión con Cristo.

El soldado que saluda a la bandera de su país no la está adorando, sino que está haciendo una demostración de respeto a los valores patrios que la bandera representa; de la misma manera que la madre que admira una fotografía de su hijo colgada en la pared está haciendo un acto de amor hacia quien esa imagen representa; lo mismo se puede decir de foto del novio en la cartera o en el celular, o la de la esposa sobre la mesa del despacho.

Todo eso son actos de amor y veneración, no de adoración; o en todo caso, una veneración que es compatible con la adoración a Dios porque no le sustituye, como es el caso de la idolatría.

Así de sencillo; cuando un católico realiza un acto de veneración respetuosa ante una imagen de un santo o de la Virgen, lo está haciendo a quien esa imagen representa.

Esto no impide que una anciana devota, en sus manifestaciones primarias, elementales, de piedad, pueda explayarse ante la imagen de un santo de forma un tanto ingenua y emocional que algunos, malintencionadamente interpretan como idolatría.

La tradición cristiana también ha ido nombrando a santas y santos como patronos de pueblos, ciudades, naciones, gremios, profesiones, buscando su protección.

Si, después de lo que acabas de leer, tu nombre no aparece en el santoral, puedes celebrar tu onomástica en  la fiesta de ¨todos los santos¨ que la Iglesia celebra con justicia y santa picardía o, esforzarte para que al final de tu vida te puedan canonizar y tu nombre aparezca en el santoral.

Fuente: Aleteia