¿Qué es la conversión? ¿Por qué tienen que convertirse los cristianos ya bautizados?

“Convertíos, que el reino de Dios está cerca” son las primeras palabras que oímos de labios de nuestro Salvador cuando inicia su ministerio público. Conversión en griego es Metanoia, que significa cambio de corazón. El centro de las enseñanzas del precursor de Jesús, San Juan Bautista, era el mismo, “Convertíos, porque el Reino de Dios está cerca.” Por otra parte, San Pedro y los apóstoles también predicaron el llamado a la conversión. Por lo tanto, si el mayor de todos los profetas, el primer Papa, y Jesús mismo predicó la urgencia de la conversión entonces ¡sí debe ser importante!

La Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo, reitera este mensaje de varias formas. Al inicio del Santo Sacrificio de la Misa, después de saludar a la gente, el sacerdote se invita a sí mismo y a toda la congregación a una breve pausa para un examen de conciencia. Este es nuestro reconocimiento comunitario y personal del pecado, con una humilde invocación para que Dios tenga misericordia de nosotros y nos ayude a vivir una verdadera conversión en nuestra vida.

Convertirse es reconciliarse con Dios, apartarse del mal, para establecer la amistad con el Creador. Supone e incluye dejar el arrepentimiento y la Confesión de todos y cada uno de nuestros pecados. Una vez en gracia (sin conciencia de pecado mortal), hemos de proponernos cambiar desde dentro (en
actitudes) todo aquello que no agrada a Dios.

La conversión es cosa de un instante; la santificación es tarea para toda la vida. La semilla divina de la caridad, que Dios ha puesto en nuestras almas, aspira a crecer, a manifestarse en obras.

La llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que “recibe en su propio seno a los pecadores” y que siendo “santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación” (LG 8). Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del “corazón contrito” (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (cf Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (cf 1 Jn 4,10). Catecismo de la Iglesia Católica, 1428

Mi deseo de conversión puede concretarse de diversas maneras, pero siempre realizando obras de conversión, como son, por ejemplo: Acudir al Sacramento de la Reconciliación (Sacramento de la Penitencia o Confesión); superar las divisiones, perdonando y crecer en espíritu fraterno; practicando las Obras de Misericordia.

Reflexionemos, ¿Estamos aprovechando el tiempo para convertirnos en esta Cuaresma en nuestras vidas?

Fuente: Escritos de San José María Escriva de Balaguer y www.pildorasdefe.net