“Sustituimos la necesidad de Dios con filosofías que matan nuestra trascendencia”

José Antonio de la Maza acompañado de su familia el día de su ordenación sacerdotal

José Antonio de la Maza Caballos, de la localidad sevillana de Carmona, es uno de los sacerdotes ordenados recientemente en nuestra Archidiócesis. Su reciente ordenación le hace sentirse muy feliz y amado por Dios aunque “ también con un poco de vértigo por las obligaciones encomendadas al ministerio y con el deseo de estar a la altura del don recibido. Espero contar siempre con la certeza de que Dios me acompaña en mi vida”.

Celebró su primera misa el pasado 26 de junio en la Parroquia Santa María de la Asunción en Carmona, su parroquia de toda la vida, donde ha recibido todos sus sacramentos y donde ha querido “compartir la primera presidencia eucarística con mis hermanos de toda la vida”. Nos comenta que siempre recordará de este día tan especial el rostro de ilusión de toda la comunidad parroquial que se han volcado con esta celebración y que sabe “que llevan años rezando por mi vocación. Todo se lo debo a ellos y verlos en la primera misa que presido ha sido un regalo de Dios”.

La vocación que surgió en el sacramento de la confirmación

José Antonio, al que sus amigos llaman Tony, empieza a descubrir su vocación al recibir el sacramento de la confirmación. Comenzó a ser catequista en su parroquia, pasando de ser receptor de las catequesis a ser catequista. Empezó a asistir a las reuniones de la pastoral vocacional en el seminario y sentía como cada vez la llamada se hacía más fuerte. Aún así nos confiesa como “en mi interior sentía una llamada a ser cura, pero tampoco quería compartir esa inquietud con nadie. Cuando acabé el Bachiller me dio miedo la idea de irme para el seminario, así que decidí darme un tiempo para pensármelo mejor”.

Eligió estudiar Ciencias Políticas y fue cuando estaba a punto de acabar la carrera cuando “ me dije que no podía seguir dándole largas a Dios, porque estaba comprobado que su insistencia era mayor que mi habilidad de rehuirle la llamada”. Finalmente decide entrar en el seminario y empezar un camino de renuncias diarias y a cosas concretas. “Poco a poco tienes que ir despojándote de tus propias comodidades para entregar más a Dios y a los demás. Estos momentos de expropiación son difíciles pero alrededor he tenido la suerte de estar rodeado de grandes personas que me han allanado el terreno y haciéndome más fácil cada paso que he dado”.

En todos estos años de seminario que ha vivido reconoce que los primeros que siempre lo han apoyado y animado ha sido su familia, la cual es un pilar fundamental en el camino vocacional. “También los compañeros de seminario y los formadores han sido claves para guiarme y aconsejarme a lo largo de estos años. Sin olvidar, por supuesto, a las comunidades parroquiales por las que he ido pasando y que junto con sus párrocos han sido maestros de fe y guías de buenos consejos”.

Sembrar la semilla de la fe

Una vez ya ordenado sacerdote su primer destino será las parroquias de San Nicolás del Puerto y las Navas de la Concepción a las que nos asegura que va “con cariño y muchas ganas de servir a estos municipios con la ayuda de Dios”. A las comunidades a las que le toca servir nos explica que lleva la intención de sembrar la semilla de la fe y esperar que sea Dios el que haga brotar a su tiempo los frutos que Él desee. “Si pudiera desear ver allí algún fruto, espero que sea la santidad de la grey encomendada, porque de esta forma estaríamos más cerca de seguir los pasos de Jesucristo”.

Opina que el mayor problema al que se enfrenta la Iglesia actualmente es la indiferencia de nuestra sociedad. “ Porque cuando antiguamente se enfrentaba con el pensamiento ateo, por lo menos enfrente había un interlocutor que se había planteado la pregunta sobre la fe y la había respondido con argumentos, aunque estos fueran erróneos.  En la actualidad la gran parte de la sociedad ni tan siquiera se plantea la pregunta sobre su fe, la dan por hecho, pero no necesitan a Dios en sus vidas. O sólo acuden a Él  para solucionar problemas, pero sin una profundidad orante ni espiritual. Estamos sustituyendo nuestra necesidad de estar con Dios con filosofías que nos encierran en nosotros mismos y acaban matando nuestra trascendencia”.

Piensa que los laicos son imprescindibles en una parroquia. Nos confiesa que no entendería su ministerio sin una comunidad de laicos a la que servir, orar por ellos y amar cada día más. “Las parroquias existen por y para los laicos. Los laicos deben ser el motor y a la vez el destinatario de todo el trabajo eclesial”.

María como madre

Es consciente de que en la vida de un sacerdote hay soledad pero es una soledad  acompañada, es como la que experimentó María tras la muerte de Jesús, porque esa angustia existencial siempre es alumbrada por la fe en que las promesas de Cristo se cumplirán en nosotros. “Aún así siempre hay que rezar por los sacerdotes, porque nuestra humanidad nos hiere especialmente por aquí y hace que nos olvidemos muchas veces de donde está nuestra verdadera recompensa. Nosotros seguimos a un Dios débil. muerto en la Cruz, herido por amor . Esa es nuestra felicidad: que nada ni nadie puede dañarnos más que el amor de Dios que nos ha traspasado por entero”.

Deseamos que su labor eclesial de muchos frutos en las comunidades a las que sirva  este joven sacerdote, a  quien le emociona especialmente el pasaje del Evangelio según San Juan donde Cristo aprovecha su último aliento de vida para dejarnos a María como Madre. “ Es un texto que siempre me invita a tomar constancia de que debo estar como Juan al pie de la cruz de Jesús y acogiendo a María como Madre. Ahí nace la Iglesia al pie de la cruz, al lado de Cristo sufriente y que sigue cada día expirando por nosotros, acogiendo al otro como algo propio”.

Testimonio recogido por Mari Carmen Hernández Falcón 

 

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