Miércoles de la 5ª semana de Pascua (B)

Lectura del santo Evangelio según Juan (15, 1-8)

Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.

Comentario

Ese da fruto abundante

¿Has visto alguna vez una vid de cerca? En invierno, por ejemplo, cuando el agricultor la poda y deja solo la cepa desnuda, retorcida y dura pero inamovible, bien clavada en la tierra para que en primavera, la savia nueva llegue a los sarmientos y estos se cuajen de uvas. La cepa no da fruto sino que, humildemente, se los cede a los sarmientos. Ese es el misterio de la vida espiritual. Jesús, la cepa hincada de forma inconmovible, cede a los sarmientos que son sus discípulos el mérito de unos frutos despampanantes. Pero sin la Palabra, sin la savia renovada cada día, ni el Pan de Vida que corre por los vasos de quienes comen el Cuerpo de Cristo, no somos capaces de dar fruto. De ahí la insistencia de Jesús en un verbo que aquí se cita repetidas veces: permanecer. Como el sarmiento permanece unido a la cepa, sin que nadie lo separe. Pide esa gracia hoy: permanecer en Cristo Jesús para dar fruto abundante.

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