EL QUINTO SELLO: LOS MÁRTIRES

Un abismo se yergue entre el gozo y el odio. Es el que media entre la fe y sus enemigos. El quinto sello del Apocalipsis muestra a los elegidos, los que visten la túnica blanca, aquellos que sucumbieron a manos de los adversarios de la fe: los mártires. Páginas sangrientas, que tienen como protagonistas a hombres, mujeres, jóvenes, ancianos y niños, de distintas lenguas, cultura y procedencia, inundan la historia de todos los siglos de cristianismo en numerosos lugares del mundo. Una pléyade que en aras de su libertad se dejó elegir por Cristo; lo siguieron. Es todo lo que puede alegarse como acusación, aunque inexistentes tribunales en la mayoría de los casos ni siquiera los juzgaron, sino que fueron condenados por una plebe sedienta de sangre, como sucedió en Roma. Una sinrazón que prosigue enturbiando al mundo entero.

Igual que estos mártires, los que sucumbieron en el siglo XX en España, fruto de la persecución desatada contra la Iglesia católica, clérigos, seminaristas y laicos, eran personas inocentes, con sus luces y sus sombras, sus proyectos, ilusiones y luchas de cada día, familiares y amigos, como podemos serlo cada uno de nosotros. Pero rencores, envidias, venganzas…, una hecatombe impulsada por emociones sin freno sembró la discordia. Se puso coto a ese derecho que cada uno tiene de seguir un ideal, cercenando vilmente sus vidas mientras que en muchos casos una turba presenciaba y arengaba aplaudiendo la masacre; un escenario similar al de la antigua Roma. Un espectáculo estremecedor que ha puesto al descubierto lo más abyecto que puede albergar en su interior un ser humano que da rienda a sus pasiones y absolutiza ideologías.

Frente al odio: el perdón. El acto de beatificación en la catedral de Sevilla el día 18 de noviembre de la veintena de los que fueron masacrados durante la Guerra Civil española es un canto a la alegría, a la esperanza; se celebra el triunfo del amor frente a la violencia. Representan el esplendor de la caridad. Gran parte de los que derramaron su sangre en aras de su fe católica, en medio de esa normalidad en la que discurrían sus vidas, seguramente no pudo imaginar que la barbarie iba a ensañarse con ellos, como de hecho sucedió. Baste como ejemplo la única mujer que se beatifica entre estos mártires. Tras recriminar a los perseguidores por sus acciones, la llevaron a la sacristía de la iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación de Constantina (Sevilla) y le mostraron el cuerpo exánime del párroco al que ella prestaba ayuda en el templo, cuya vida habían segado unas horas antes, y acto seguido fue asesinada allí mismo a sangre fría. Se da la circunstancia de que unos días atrás su esposo también había sido ajusticiado. Ambos cadáveres fueron vilipendiados, profanados; no les bastó con haberlos ejecutado. Son hechos tan tremebundos ante los que no cabe palabra alguna, máxime cuando estos inocentes y el resto de sus compañeros exoneraron a sus crueles verdugos de la culpa, dando muestras de su evangélica caridad.

Los mártires, excelsos testigos de Cristo, representan la victoria de la cruz, emblema por antonomasia del creyente, algo lógicamente incomprensible para quien se empeña en ver malquerencias donde no las hay. Solamente el amor es capaz de cubrir la muchedumbre de los pecados. Los mártires han mostrado la diferencia que hay entre abrazarse a la cruz y arrastrarla porque fueron fieles a la vocación recibida, amaron hasta el fin de tal modo que no temieron ser despojados de su vida. Arrastrar la cruz implica desgana, duda, desánimo, falta de prontitud y de generosidad, algo que jamás identificaría al genuino discípulo de Cristo. Los mártires son heraldos de la verdad, dadores de paz, símbolos de fidelidad y valentía.

Tanto los que presintieron que les iban a arrebatar la vida como a quienes el hecho les sorprendió de improviso la donaron. En las actas de sus procesos queda claro que a cuantos le dieron la oportunidad de abjurar de la fe que profesaban se negaron a hacerlo. Con su ofrenda hicieron florecer la Iglesia de Cristo; arrebataron bendiciones que en la tierra ni siquiera podremos nunca imaginar, ni conocer. Pero que nuestro Padre Celestial acogería como perfumado incienso brotado de un amor incondicional que se esparce por el orbe sin disiparse nunca. Demos gracias por su generosa y edificante oblación.

Isabel Orellana Vilches

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