Nueve días de Julio

Muchas veces, y de diversas maneras, los Santos Padres dejaron establecido el modo como cada uno, sea cual fuere su estado y el género de vida religiosa que abrazó, ha de vivir en obsequio de Jesucristo y servirle fielmente con corazón puro y buena conciencia” (Regla nº 2 del Códice denominado Ávila de la Regla Carmelita).

Los carmelitas la denominamos Novena porque pensamos metódicamente en los nueve días que anteceden al Día de la Virgen, al Día Grande de la Orden.  Pero, más que un espacio de tiempo de nueve tardes consecutivas, nos encontramos con nueve jornadas o nueve escalas de un viaje de ascensión en busca de la cima del Monte Carmelo; en busca de Jesucristo, de su servicio y de su obsequio.

Nueve días previos a la Fiesta. Pero nueve días que son toda una vida.  Nueve días para preparar la peregrinación del carmelita al encuentro diario con Dios y con Su Madre.

De pequeños muchos no faltábamos una sola tarde a la cita, y nuestro premio particular consistía tanto en recibir las caricias de las manos sarmentosas del lego Fray Manuel como los besos y las risas de Pura Sevilla o cantar junto a la voz hermosísima de nuestra madre unida al coro de vencejos y golondrinas sobre la cúpula del Buen Suceso.  Los caminos, con los años, fueron disgregando a unos y a otros pero la Novena y el 16 de Julio siguen sirviendo de nexo de unión y de campana de repique que aún nos reúne en torno a la antaño desnuda fachada de ladrillo.

Abrirse al diálogo con Dios

No obstante, el hecho de acudir al encuentro de la familia carmelita en esos nueve días no ha de ser óbice para que el resto del año no hagamos igualmente la Novena. Parafraseando al poeta que cantaba que “la vida era una semana”, refiriéndose a la Semana Santa, los restantes once meses deben formar parte esencial de este camino.  No se trata ya de escuchar, deleitarse o  dejarse iluminar o hasta confundir por la elocuencia del predicador, sino de aprovechar la presencia en la celebración, hacerla activa y de abrirse al diálogo con Dios, y dejarse abrazar por la caridad plena y nunca prepotente hacia los hombres y mujeres que nos rodean.

Hacer de todo el año nuestra particular Novena supone, entre otras cosas, reconocer a Jesucristo en el prójimo y en los acontecimientos que jalonan cada día, en los cuales podemos testimoniar en el mundo de hoy la eficacia de su presencia. Igualmente consiste en aprender a conformar la propia voluntad con la de Dios pero buscada en la fe con diálogo y con discernimiento.

En la Novena de Julio y en la Novena de nuestra vida

Y para ello nadie mejor que María, Madre de Dios, mujer sencilla, cercana, plena de valores y llena, como todos,  de preocupaciones familiares y del trabajo; María, a quien hacemos objeto y sujeto de amor y de veneración y que se erige en el signo de esperanza de los tiempos para nuestra subida personal al Monte Carmelo. En la Novena de julio y en la Novena de nuestra vida, la Virgen María, en su advocación más hermosa, nos faculta para crear el buen clima en las familias, la aplicación en el trabajo diario, la lucha sosegada pero firme en pro de la justicia social y, sobre todo, el amor y el respeto por la vida.

Perseverar en vivir la Novena de la vida nos ayuda a perseverar igualmente en la lucha cotidiana y a superar adversidades, desánimos, cansancio y rutina, inspirados por el ejemplo de María y de Elías quienes, viviendo su fe, mostraron como una vida es plenamente humana cuando se ofrece a Dios que entre en nuestra existencia.

Gracias y dones recibidos en esas nueve tardes de Julio…

Acudir a celebrar en unión de la Comunidad religiosa y del conjunto de los terciarios y terciarias y devotos las Fiestas de la Virgen puede convertirse en el inicio o en un hito más de ese camino de subida al Monte Carmelo en pos del encuentro con Dios.  Pero, preferiblemente, la Novena de los nueve días ha de ser saboreada con la mira de nuestra intención atenta a que las gracias y los dones recibidos en esas nueve tardes de Julio, en todas ellas – las pasadas y las venideras, las de nuestro siglo XXI y la de nuestra niñez-, se extiendan como una fragancia por el resto de nuestros días en obsequio de Jesucristo y de María y para el servicio a los demás.

Manuel María Ventura Rodríguez

 

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