Líbranos Señor de lo peor de nosotros y ayúdanos a relucir lo mejor que nos has regalado

A continuación ofrecemos una serie de meditaciones semanales tituladas “Cuaderno de vida y oración” a cargo del sacerdote diocesano Carlos Carrasco Schlatter, autor del libro “Las conversaciones que tenemos pendientes”.

Llevar la vida a la oración

Antes de comenzar a rezar es bueno dedicar unos instantes, mayores o menores en función de cómo sea nuestra situación, para encontrar el silencio interior para un buen diálogo.

Así como en la vida antes de hablar con alguien muchas veces necesitas calmar tus impulsos, en la oración es necesario también aprender a centrarse en lo importante. Y por supuesto lo importante es conocer, amar y crecer con Dios.

Repite esta u otra oración que te pueda ayudar tantas veces como necesites durante el tiempo que estés dedicando para así centrar tu oración, como cualquier conversación, a lo importante.

Señor mío, llego a esta oración con mis problemas de siempre, con mis debilidades y mis flaquezas, con el dolor de mis pecados y la tristeza de mi incapacidad, ayúdame a aprovechar este rato para en todo amarte más, y en todos mostrarte mejor. Te dejo mis agobios y preocupaciones para que Tú las cuides, ya sabes todo lo que traigo, y ahora háblame de aquello que necesito para alimentar mi alma.

Reza a continuación, un padrenuestro y un avemaría e intenta descubrir a Jesús sentado a tu lado, o María o algún santo que te conforte el alma.

Encuentro con Dios

Dios está en todas partes, vive en cada uno de nosotros y por ello todo lo que nos rodea nos habla de Dios. Todo tiene parte de Él, como toda obra tiene parte del artista que la ha realizado.

Hoy es un buen momento para descubrir que Dios está bien cerca de ti, ¿Acaso Dios no estaba en los grandes acontecimientos de tu vida? ¿Acaso Dios no está en el salón donde viviste ese momento tan importante, o en la habitación donde tantas veces has rezado con Él y has llorado junto a Él? ¿Acaso Dios no estaba cuando has tenido esas conversaciones telefónicas o en persona en tu casa, o cuando quedaste con esa o aquella otra persona tan importante para ti?

Dios está siempre a tu lado, pero a veces confundimos la prudencia de un padre con indiferencia. Dios no es indiferente a tu dolor, ni a tus preocupaciones y angustias, sino que te acompaña en tu corazón y desea que busques en tu interior esos buenos consejos que te dio y que por desgracia muchas veces olvidas o ignoras.

Abre tu corazón a Él, respira hondo, pon las manos sobre tus piernas, cierra los ojos y sueña con un enorme espacio en tu interior, un universo dentro de tu alma en el que está el camino de tu vida, tu historia personal, y todas y cada una de esas paradas de los momentos más importantes.

A la luz de la Palabra Mt 6, 5-15

Rezar significa escuchar, disponerse, encontrar, abrirse y dejarse llevar por una conversación preciosa en la que Dios y tú os enriquecéis mutuamente. Pues para Dios es un regalo conversar con sus hijos, le gusta descubrir nuestra sinceridad y cómo vamos madurando en el camino.

Pero como buen padre no siempre te dará las soluciones, sino que te irá ayudando a que las descubras tú. Por eso rezar es hablar, pero también escuchar, y por supuesto es reflexionar en común.

Lee el texto bíblico, recrea la escena en la que los discípulos están rodeando a Jesús en una de las calles en que gustaba de predicarles y enseñarles. Mira la cara de expectación de cada uno de ellos, y descúbrete tú mirando a Jesús y escuchando cómo Dios, aunque mira a todos a la vez, te está hablando al corazón.

Él era a quien le hablabas cuando llorabas en esos momentos de dificultad, Él quien sonreía contigo cuando estabas recreando ese momento de amor tan intenso, Él quien se preocupaba cuando escuchabas el diagnóstico de esa enfermedad, Él quien te abrazaba ante ese momento tan dramático de tu vida… Él siempre, Él estaba escuchando cuando buscaba luz en la oscuridad y con quien compartir las alegrías.

Cuando estés descubriendo esa mirada de Dios en ti, y de ti en Él reza el padrenuestro contemplándole, mira las llagas de sus manos y pies, el costado con la herida de la lanza, el rostro misericordioso… y entonces descúbrete rezando el padrenuestro como si fueras Jesús y mírate a ti mismo. Tu Padre no está en el cielo, está delante de ti. Su nombre es tan santo que nombrarle ahora te estremece. Su Reino eres Tú, y para ti Él es tu todo. Jesús no posee más voluntad que la de que nos amemos los unos a los otros como Él nos enseña. Su Pan es Él mismo entregado junto con su sangre derramada para ser alimento de salvación de los males de este mundo. Perdónanos, porque tenemos miedo, porque dudamos de Él, porque desconfiamos de su amor y la esperanza que nos promete. No nos dejes caer Señor en el deseo de no levantarnos más, de abandonar todo sueño e ilusión, de desconfiar en Tu Palabra. Líbranos Señor de lo peor de nosotros y ayúdanos a relucir lo mejor que nos has regalado.

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