San Antonio de Padua (A)

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (5, 13-16)

Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.

Vosotros sois la luz del mundo

Comentario

La conclusión del sermón de la montaña introduce dos bellas metáforas para significar la labor de los discípulos. La de la luz es ampliamente utilizada en el Evangelio, sobre todo por Juan, que compone en la introducción de su escrito una lucha entre la luz y las tinieblas. Pero esta perícopa es la única en que se compara a los discípulos con la sal, cuyas propiedades químicas y organolépticas permanecen inalteradas a no ser que entre en contacto con líquido. Pero al proponer ambas identificaciones, Jesús está poniendo el acento en que el discípulo nunca puede ser mayor que el maestro: la sal condimenta la comida y necesariamente ha de disolverse en el proceso de cocinado para que aporte su sabor; la luz es requisito para ver lo que está oculto, pero no la admiramos a ella sino lo que nos permite contemplar. En ambos casos, es Jesús y su predicación la que el discípulo misionero debe condimentar y mostrar conforme al mandato evangélico que propone Nuestro Señor. Ser sal del mundo es lo mismo que decir que hay que disolverse entre los hombres de nuestra época para aportarles el sabor de la esperanza; ser luz de la tierra es lo que permite ver el horizonte de salvación que se alumbra con la fe.  

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