Martes 3º de Pascua (B)

Lectura del santo evangelio según san Juan (6,30-35):

En aquel tiempo, el gentío dijo a Jesús:
«¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”».
Jesús les replicó: «En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».
Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de este pan».
Jesús les contestó: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».

Comentario

Yo soy el pan del cielo

Cuál es tu obra. Haznos un signo para que creamos en ti. Los milagros sucedieron en el pasado, pero ahora por qué hemos de creer que existen. El razonamiento de la gente en tiempos de Jesús guarda asombroso parecido con los planteamientos actuales. ¿Será que no somos tan distintos? Exigimos nuestro maná que nos alimente en la travesía del desierto de nuestras vidas. Se trata de un peregrinaje penoso, lleno de riesgos, extenuante para el que precisamos sustento, un viático que nos venga caído del cielo sin necesidad de hacer esfuerzo. Los israelitas tuvieron su pan del cielo que los socorrió en su éxodo de cuarenta años, pero el verdadero pan del cielo y no para cuarenta años sino para toda tu vida es Jesucristo. Es Dios el que alienta nuestro caminar por muy fatigosa y empinada se haya hecho la existencia. El pan de la vida que comemos en cada eucaristía es el que nos pertrecha para soportar sinsabores y travesías del desierto vital. “El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed”. Quien lo probó, lo sabe.

 

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