Lunes 4º de Adviento – Feria de Adviento (C)

Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,67-79):

EN aquel tiempo, Zacarías, padre de Juan, se llenó de Espíritu Santo y profetizó diciendo:
«“Bendito sea el Señor, Dios de Israel”,
porque ha visitado y “redimido a su pueblo”,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas.
Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la “misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza”
y “el juramento que juró a nuestro padre Abrahán” para concedernos
que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días.
Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante “del Señor a preparar sus caminos”,
anunciando a su pueblo la salvación
por el perdón de sus pecados.
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos por el camino de la paz».


Comentario

Nos visitará el sol que nace de lo alto
El hermosísimo cántico del Benedictus con el que Zacarías rompe a hablar después de haberse quedado mudo por desconfianza en los planes de Dios subraya la «entrañable misericordia de nuestro Dios», que nos va a dar un sol que nace de lo alto. ¿Cómo es ello posible? Sabemos que el sol nace cada día de la última línea del horizonte por Levante y muere cada día por la última línea del horizonte de Poniente. La astronomía ha puesto al descubierto que en realidad somos nosotros los que nacemos y morimos cada día a la luz solar en el movimiento de rotación de nuestro planeta, pero ahora eso no importa. Lo que nos dice la profecía de Zacarías es desconcertante. Porque nunca hemos visto el prodigio de que el sol, de repente, aparezca a mediodía en el cénit sin haber recorrido su camino. Eso es una increíble novedad que no nos cabe en la cabeza. Ese sol, sin antecedentes, imperecedero y sin ocaso, no es otro que Jesucristo, el Verbo encarnado, cuya aparición en la historia humana se asemeja a una lumbrera que no está sujeta a las leyes de la astronomía, ni de la física sino sólo a las del amor incomparable del Padre que por su «entrañable misericordia» permite que nos visite el sol que nace de lo alto.  Eso es lo que vamos a experimentar mañana, día de Navidad. Y por ello, como Zacarías, podemos entonar a la hora de los laudes matinales el cántico: «Bendito sea el Señor, Dios de Israel».

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