¡Cristo ha resucitado, Aleluya!                                                             

            ¡Cristo ha resucitado, Aleluya! Esta es la Buena Noticia que la Iglesia viene proclamando desde hace veinte siglos; desde aquel domingo en que Pedro y Juan encuentran vacío el sepulcro de Jesús; desde aquella madrugada en que las mujeres que van a embalsamar su cadáver, reciben del ángel este mensaje alentador: “No está aquí… Id a decir a sus discípulos que ha resucitado”. Esta es la gran noticia que Pedro proclama en la casa del centurión Cornelio. Esta es la magnífica noticia que cambia el curso de la historia porque significa que la vida ha triunfado sobre la muerte, la justicia sobre la iniquidad, el amor sobre el odio, el bien sobre el mal, la alegría sobre el abatimiento, la felicidad sobre el dolor, y la bienaventuranza sobre la maldición.

La resurrección del Señor es la obra maestra de la Santísima Trinidad, la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, (CIC 638). Sin la resurrección, el cristianismo sería la mayor impostura y el más burdo fraude cometido jamás. La resurrección del Señor es en realidad el sello de garantía de la persona, la obra y la doctrina de Jesús. Para nosotros es un manantial inagotable de seguridad y confianza. Gracias a la resurrección del Señor sabemos que nuestra fe no es una quimera y que Aquél al que amamos no es un fantasma, sino una persona viva, que está sentada a la derecha de Dios.

La consecuencia más importante de la resurrección del Señor es nuestra futura resurrección. Si Jesús ha resucitado, también nosotros resucitaremos. El CIC nos dice que después de su muerte, el Señor bajó al seno de Abraham para liberar a los justos anteriores a Él, aplicarles los frutos de la Pasión y abrirles las puertas del cielo (nº 633-635), que abre también para todos nosotros. Ojalá que en esta mañana de Pascua florida, en comunión con toda la Iglesia, experimentemos intensamente la emoción que nace espontánea de la aceptación de esta verdad original del cristianismo: somos ciudadanos del cielo, al que estamos llamados y cuyas puertas nos ha abierto el Señor en su resurrección de entre los muertos.

Por ello, el Domingo de Resurrección es un día de felicidad y de esperanza. La resurrección de Jesús es el triunfo de la vida, la gran noticia para toda la humanidad. Los que creemos y los que no creen, los cristianos y los no cristianos, todos los hombres, con la creación entera, caminamos hacia la vida espléndida de la resurrección, algo que da sentido a nuestras luchas, al dolor, al sufrimiento, a la enfermedad y hasta al enigma misterioso de la muerte.

En la segunda lectura, san Pablo nos ha invitado a sacar las consecuencias que la resurrección del Señor entraña para nuestra vida cristiana: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”. La esperanza en la resurrección es fuente de sentido en nuestro caminar. Un cristiano no puede vivir como aquel que ni cree ni espera, o cree que después de la muerte sólo existe la nada.

Porque Cristo ha resucitado, nosotros creemos y esperamos en la vida eterna, en la que viviremos dichosos con Cristo y con los Santos, en comunión de gozo y de vida con la Santísima Trinidad. Este horizonte luminoso que es fruto de la Pascua, debe marcar y configurar nuestro presente, nuestra forma de pensar y nuestro modo de vivir, sabiendo que somos peregrinos, que no tenemos aquí una ciudad estable y permanente, pues nuestra verdadera patria es el cielo. La perspectiva de la resurrección define e ilumina nuestra vida, la enriquece y la llena de esperanza y alegría. De todo ello se privan quienes no creen en la resurrección y en la vida eterna, artículo capital de nuestra fe.

“Buscad los bienes de arriba y no a los de la tierra”. Las primeras generaciones cristianas se tomaron muy en serio este consejo de san Pablo. Su estilo de vida es el propio de quienes están persuadidos de que su patria es el cielo. Como ellas, también nosotros estamos llamados a aspirar a los bienes de arriba y no a los de la tierra, a vivir ya desde ahora el estilo de vida del cielo, el estilo de vida de los resucitados, es decir, una vida de piedad sincera, vivida en la presencia de Dios, alimentada en la oración, en la escucha de su Palabra, en la recepción de los sacramentos; una vida alejada del pecado, de la impureza, del egoísmo y de la mentira; una vida pacífica, honrada, austera, fraterna, edificada sobre la justicia, la misericordia, el perdón, el espíritu de servicio y la generosidad; una vida, en fin, asentada en la alegría y en el gozo de sabernos en las manos de nuestro Padre Dios y, por ello, libres ya del temor a la muerte.

Es posible que no falten ensayistas, columnistas y creadores de opinión que nos digan que estas propuestas son antiguas, rancias, trasnochadas e incompatibles con la modernidad. Es posible que nos digan incluso que la Iglesia y el cristianismo son una rémora para la democracia. No nos dejemos impresionar. El cristianismo es siempre más renovador, más moderno y progresista que las recetas casi siempre caducas de algunos políticos y de muchos de los que conforman la opinión pública. Jesús resucitado es el futuro, el único futuro para el mundo, nuestro propio futuro, el único futuro de nuestros jóvenes y de nuestras familias, el punto de referencia del verdadero progreso humano. Él es quien da firmeza, consistencia, seguridad y sentido a nuestra vida personal y a la historia de la humanidad.

No nos cansemos da anunciar y testimoniar a Jesucristo resucitado, fuente inagotable de alegría y confianza, la más firme seguridad a la hora de escrutar y programar nuestro futuro en medio de un mundo en el que existe el dolor, la enfermedad y el sufrimiento. Esta era la convicción de un monje cisterciense del siglo XII, Jerrique d´Igny, compañero de San Bernardo, que escribe estos hermosísimos versos: “Si Jesús está vivo, esto me basta. Si Él está en la vida, yo vivo también… Aunque nada tenga, lo poseo todo… Si Jesús está vivo, esto me basta”.

En esta mañana de Pascua florida felicitamos a María, la Madre del Resucitado. Ella, asunta y gloriosa, nos mira con ternura. Que ella nos ayude y aliente a vivir con gozo nuestra vocación cristiana, a vivir como resucitados, y a ser testigos de Jesucristo vivo, camino, verdad y vida de los hombres.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla

 

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