Nuestro Señor Jesucristo, Sumo y Eterno sacerdote (B)

Lectura del santo Evangelio según Marcos (14, 12a. 22-25)

El primer día de los Ácimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual. Mientras comían, tomó pan y, pronunciando la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo». Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias, se lo dio y todos bebieron. Y les dijo: «Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios».

Comentario

Esto es mi cuerpo
En algunas naciones, como en España, el jueves siguiente a Pentecostés se celebra la fiesta de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote. Con ella se nos quiere hacer comprender el misterio que encierra el sacerdocio de Jesús, que reúne en sí mismo la triple condición de sacerdote, víctima y altar. En la cultura religiosa hebraica, el sumo sacerdote era la máxima autoridad en el Templo donde residía Dios en el Arca de la Alianza. Todos los demás integrantes de la casta sacerdotal y de los levitas encargados del culto quedaban supeditados a su persona. En la Carta a los Hebreos encontramos precisamente a Jesús como Sumo Sacerdote que abrió las puertas no de ningún santuario sino del mismo cielo con su Resurrección. Y todos los servidores del culto divino están supeditados a él. Porque, con su sacrificio redentor y su posterior glorificación, Dios ha dejado de tener una sola presencia entre nosotros, sino que son el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo los templos donde se ha quedado entre nosotros. Ya no es un edificio, por muy sagrado que fuera el templo de Salomón, sino el pan y el vino transubstanciados ofrecidos por el celebrante “in persona Christi”. La liturgia de hoy nos anticipa la solemnidad del Corpus que tendremos entre nosotros justo dentro de una semana.

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