Jueves Santo (B)

Lectura del santo Evangelio según san Lucas (13, 1-15)

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro y este le dice: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?». Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde». Pedro le dice: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Simón Pedro le dice: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús le dice: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos». Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.

Los amó hasta el extremo.

La última cena es como un espejo del banquete en Betania en el que la comunidad le ha expresado su afecto a Jesús con aquella escena del perfume de nardos con que lo ungen. Aquí es Jesús el que expresa su amor por la comunidad, aunque de ella formen parte dos que lo van a traicionar esa madrugada terrible que se avecina: Pedro, de palabra; Judas, de obra. Pero es un amor tan desbordante que pasa por encima de todo eso como pasa por encima de nuestros pecados. Y ese amor lo va a llevar hasta el final, hasta el extremo de dar su vida por ellos en la cruz. La Última Cena que hoy conmemoramos dentro del triduo pascual es la expresión del amor de Jesús por sus discípulos, materializado en la escena del lavatorio de los pies que sólo recoge el Evangelio de Juan. Es decir, la comunidad de los seguidores de Cristo se funda sobre el servicio, que es justo lo que lleva a cabo Jesús incluso ante la renuencia de Pedro. Es una tarea que lleva a cabo solo, sin ayuda de nadie. Y lo hace abajándose, inclinándose sobre los pies que era la misión reservada al esclavo o al último sirviente de la casa para agasajar a los invitados. Ese gesto desbarata para siempre la imagen que el hombre se ha fabricado de Dios como lejano y ausente, porque se hace tan cercano y tan abajo en la escala social como lo está haciendo Jesús con los suyos para que lo repitan con el prójimo. Al humillarse, los está elevando a la categoría de señores merecedores de homenaje. No se trata de un lavatorio de purificación como erróneamente entiende Pedro, sino de total disponibilidad, de servicio. La última imagen, tomando el manto, viene a significar que Jesús recobra su condición (interpretable como resucitar) a los ojos de sus discípulos. Pero el servicio a los suyos ha quedado ya establecido como paradigma.

 

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