Miércoles de la 4ª semana de Pascua (B)

Lectura del santo Evangelio según Juan (12, 44-50)

En aquel tiempo, Jesús gritó diciendo:
«El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas.
Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, esa lo juzgará en el último día. Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo, lo hablo como me ha encargado el Padre».

Comentario

El que cree en mí no quedará en tinieblas

Jesús y el Padre son uno. Aquí queda de manifiesto. El evangelista establece un paralelismo entre creer en Jesucristo y creen en Dios; entre ver al Galileo y ver a Dios. Jesús se convierte así, Verbo encarnado, en el intermediario único para entrar en el corazón del Padre. Los israelitas sentían temor reverencial del rostro de Dios, por lo que la visión de Jesús, como Dios hecho hombre, contradecía de forma ostensible sus creencias. Es este edificio el que está demoliendo a conciencia con la declaración que el evangelista recopila en este capítulo. No es un Dios justiciero el que nos aguarda al final de los tiempos, sino la Misericordia plena porque la luz deshace todas las sombras en cuando tiene una rendija por la que colarse. Somos nosotros, eres tú y soy yo, quienes diariamente estamos tomando partido del lado de la luz o del de las tinieblas. Escuchando la Palabra y poniéndola en práctica, estamos seguros de que se nos tratará con magnanimidad en el juicio postrero. Pero si estamos del otro lado, donde habitan las oscuridades y rechazamos la luz -“vino a los suyos y los suyos no le recibieron”-, ¿qué podemos esperar?

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