La Virgen del Rosario

Contemplando este bello cuadro de la Virgen del Rosario, de Murillo, recordamos las palabras de nuestro querido San Juan Pablo II: “Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la escuela de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje.”

Es decir, para nosotros mirar y admirar esta pintura tiene que ser como ir a la escuela de María, nos hace partícipes de esta escuela.

Necesitamos ir a la escuela de María, como nos dice Juan Pablo II, de otra manera no podremos llegar a Cristo, configurarnos con Él, aprender de su vida, sus palabras.

Como un niño que aprende en el colegio, así esta oración ante la Virgen del Rosario de Murillo ha de ser para nosotros como aprender de la mano de la Virgen.

Esta bella imagen de la Virgen del Rosario sostiene al Niño Jesús y nos ofrece el santo rosario, para que entendamos que el rosario es un medio que nos ofrece la Virgen para contemplar la vida de Jesús, meditando su vida y así, conocerlo mejor para poder amarlo más y seguirle con más fidelidad.

La Virgen del Rosario que nos muestra Murillo aparece sentada, para enseñarnos a nosotros que el Rosario debemos rezarlo con serenidad, tranquilidad, quietud, no con prisas, corriendo, sino pausadamente, ofreciéndole a la Virgen y al Señor el momento de la oración.

El Santo Rosario nos lleva a Cristo, nos acerca a Él, al rezarlo repasamos la historia de salvación del Hijo de Dios de manera sencilla.

San Juan Pablo II decía que el rosario es la oración que María reza con nosotros.

Rezamos con Ella, para meditar junto con Ella los misterios que Ella, como Madre, meditaba en su corazón.

El Papa Francisco nos dice en qué debe consistir el rezo del rosario: “esta sencilla oración nos ayuda a contemplar todo aquello que Dios, en su amor, ha hecho por nosotros y por nuestra salvación, y nos hace comprender que nuestra vida y unidad es la de Cristo”. Esto es, los misterios del rosario nos hacen descubrir y recordar el infinito amor que Dios nos tiene, amor que le hace hacerse uno de nosotros y compartir todo con nosotros, excepto el pecado. Y así, lo vemos hecho un Niño pequeño en los brazos de la Madre de Dios, que nos lo ofrece a todos sus hijos, como un regalo de amor y de salvación. Y es que, en el rosario, contemplamos la vida de Cristo, pero con los ojos de María su Madre, esto es, con una mirada de amor y de fe, llena de esperanza y de consuelo ante todas las dificultades y problemas de nuestra vida.

En el Rosario, al contemplar los misterios de la vida de Jesús, éstos iluminan también todos los momentos de nuestra vida.

Contemplando los misterios de gozo, de luz, de dolor y de gloria, revivimos los hitos más significativos de la historia de nuestra salvación y recorremos las diversas etapas de la vida y misión de Cristo.

Lo hacemos de la mano y en comunión con María.

Nuestra vida y la vida de nuestros seres queridos también tiene momentos gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos.

Por eso el Rosario ilumina también nuestra vida, dando luz y esperanza en cada momento de nuestra vida a la luz de la vida de Cristo.

En los momentos de alegría, contemplamos con María los misterios gozosos, y nos alegramos con su alegría.

En los momentos de dolor, contemplamos con María los misterios dolorosos, y nos llenamos de esperanza al contemplar el dolor de la Virgen.

Esa esperanza que se ve colmada en los misterios gloriosos, en los que pedimos con María llenarnos del Espíritu Santo.

También en nuestra vida necesitamos momentos luminosos, en los que ser y actuar como luz del mundo, luz que ilumina la vida de los hombres y mujeres de nuestra sociedad.

Esta dimensión misionera y solidaria de nuestra vida se ve iluminada por los misterios luminosos. Como decía San Juan Pablo II en la “Rosarium Virginis Mariae”, el Rosario marca el ritmo de la vida humana, para armonizarla con el ritmo de la vida divina.

Verdaderamente tenemos necesidad de que lo recemos todos los días; como expresión de nuestro amor filial por la Virgen y también de la necesidad que sentimos de encontrarnos con Ella cada día y presentarle los proyectos, ilusiones, esperanzas, problemas de cada jornada.

Como nos dijo el Papa Benedicto XVI, “si la Eucaristía es para el cristiano el centro de la jornada, el Rosario contribuye de manera privilegiada a dilatar la comunión con Cristo, y enseña a vivir manteniendo fija en Él la mirada del corazón para irradiar sobre todos y sobre todo su amor misericordioso”.

El Rosario nos pone en la presencia de María, que se encarga a su vez, de ponernos en la presencia de Cristo.

De manera sencilla, rápida, el Rosario nos permite ahondar en la vida de Jesús, en la historia de la redención, que es nuestra historia.

Con las palabras del ángel Gabriel y de Isabel, que forman el Ave María, vamos saludando y honrando a la Virgen y vamos poniéndonos en sus manos y en su corazón para que Ella nos lleve hasta Dios y nos llene de Dios.

Hacer del rezo del Rosario un hábito en nuestra vida, que sea nuestra oración cotidiana a la Virgen.

Santa Teresa de Calcuta siempre llevaba el rosario en la mano, aunque estuviera haciendo otra cosa. La gente le preguntaba por qué sostenía el rosario cuando era evidente que no lo estaba rezando. Ella contestaba que era su forma de recordarse a sí misma que iba de la mano de María.

También para todos nosotros el Rosario es un medio para no olvidar que siempre y en toda circunstancia vamos de la mano de María, nuestra Madre.

Que la Virgen del Rosario nos acerque más a Cristo por medio del rezo  diario del rosario y que seamos capaces de vivir siempre a la luz del Evangelio y de la mano de la Virgen María.

 

Antonio Rodríguez Babío

(Delegado diocesano de Patrimonio Cultural)

 

Post relacionados