Crear valores en las actividades

Una Hermandad, como cualquier otra organización de personas, ha de realizar una serie de actividades para cumplir su misión fundamental:  en su caso la mejora cristiana de sus hermanos.

 

Por eso  su responsabilidad es crear valor no sólo en lo económico, indispensable para subsistir, sino también en sus actividades. Valor objetivo, entendiendo por tal  cualquier realidad que, incorporada a la persona -valor subjetivo-, la mejora en su condición  de persona.

Esas actividades que han de realizar las hermandades orientadas al logro de sus fines  son: proporcionar a los hermanos ocasiones y medios para su formación; facilitarles la oportunidad de vivir la Caridad y la posibilidad de asistir y participar en los actos de Culto Público celebrados por la Hermandad, especialmente el celebrado de modo solemne con motivo de la Función Principal.

 

Pero no se trata  sólo de organizar los actos de culto público o las distintas actividades de formación y Caridad, tan importante como eso es conocer, intentarlo al menos, hasta qué punto esas acciones están consiguiendo los objetivos para los que se realizan. Lo decisivo no son las estadísticas, ni conocer la repercusión y valoración que el altar de cultos ha tenido en los medios especializados; ni  informar sobre el número de asistidos y el importe total de las ayudas repartidas en Caridad; ni enumerar las charlas y demás medios de formación que la Hermandad ha organizado a lo largo del año. De lo que se trata es de conocer el impacto que esas actividades han tenido realmente en la vida de los hermanos, si han cubierto los fines para los que se realizaron. 

 

En otro tipo de organizaciones la calidad  de  los servicios que éstas prestan a sus integrantes,  de las actividades que organizan, se mide por  su capacidad para satisfacer las necesidades, implícitas o explícitas, de quienes se aproximaron a esa organización y contribuyen a su sostenimiento.

 

Ninguna Hermandad puede quedarse tranquila, al presentar su Memoria, contando simplemente lo que ha hecho. Habría que considerar además, la utilidad de esas actividades para los hermanos. Es necesario repensar las variables  que hay que evaluar y sobre las que hay que  incidir para mejorar. Esa reflexión nos llevará a la elaboración de unos indicadores para valorar la eficacia de la  Junta de Gobierno.

 

Es complicado, puesto que difícilmente se pueden medir las actitudes y la vida cristiana, la vida interior de los hermanos, como  no sea a través de indicadores externos, siempre  sujetos a error; pero por alguna parte  hay que empezar.

 

No se trata de asegurar la certificación de una norma de calidad. La creación de valor en las actividades de la que estamos hablando, la contribución de cada Hermandad en particular y de las hermandades en general a la mejora personal, de cada hermano, y social sólo la certifica Dios. A cada Junta de Gobierno le compete tratar de poner los medios para intentar superar la evaluación.