Ser rico no es pecado

En el Antiguo Testamento se considera que los bienes materiales son necesarios para llevar una vida digna. En ocasiones, la abundancia, que no el lujo son considerados como una bendición de Dios. La riqueza no es condenada en sí misma, lo que se condena, es el mal uso que se hace de ella, o los métodos ilícitos utilizados para conseguirla. Así por ejemplo los profetas son claros en condenar la usura, la estafa, la explotación, las injusticias, especialmente las que se ejercen con los más pobres.
 
Jesús asume la tradición del Antiguo Testamento y le confiere una definitiva claridad y plenitud. La construcción del Reino es tarea de todos, con la ayuda del Espíritu. Hacer justicia a los pobres, liberar a los oprimidos, consolar a los afligidos, buscar activamente un nuevo orden social, en el que se ofrezcan soluciones adecuadas a la pobreza material y se contrarresten más eficazmente las fuerzas que impiden los intentos de los más débiles para salir de la miseria y de la pobreza es tarea de todos. (Compendio de Doctrina Social de la Iglesia,  325). 
 
Las riquezas, según los padres de la Iglesia, son para compartirlas. “El rico, dirá  San Gregorio Magno (Siglo VI-VII), no es sino un administrador de lo que posee; dar lo necesario a quien carece de ello es una obra que hay que cumplir con humildad, porque los bienes no pertenecen a quien los distribuye. Quien tiene las riquezas sólo para sí no es inocente; darlas a quien tiene necesidad significa pagar una deuda”.
En este sentido el Concilio Vaticano II nos dice que cuando le damos a los pobres las cosas indispensables para vivir, lo que hacemos es devolverles lo que es suyo. Más que hacer un acto de caridad, lo que hacemos es un acto de justicia (Apostolicam actuisitatem, 8)
 
En definitiva, y volviendo al Evangelio, los ejemplos del rico Epulón, Zaqueo o el joven rico, nos deben servir de guía para saber cómo situarnos ante el dinero y qué es lo que le agrada a Dios.