‘La oración, fuente de vida’- Formación permanente Pueblo de Dios en salida 07

Séptima sesión de la iniciativa de formación de la Delegación diocesana de Apostolado Seglar, que se hace eco del lema del pasado Congreso Nacional de Laicos que fue vivido por todos los que participaron como un renovado pentecostés. Con una periodicidad quincenal, se puede visionar en el canal de youtube de Archisevilla Siempre Adelante

IDEA CENTRAL

“Orad constantemente” (1 Tes 5, 17).

“Quien no conoce el rostro de Dios por medio de la contemplación, no lo podrá reconocer en la acción, aunque se le ilumine en el rostro de los humildes y oprimidos” (H.U.Von Balthasar, Solo el amor es digno de fe, Salamanca 1971).

“Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como en la alegría” (CEE, n. 2558).

 

NUESTRA FE

“Si conocieras el don de Dios” (Jn 4, 10). La oración la contemplamos como un don de Dios, como una alianza entre Dios y los seres humanos en Cristo. La oración es cristiana en tanto en cuanto es comunión con Cristo y camino de santidad. El Papa Francisco subraya en Gaudete et exultate (n.147) que no cree “en la santidad sin oración, aunque no se trate necesariamente de largos momentos o de sentimientos intensos”.

El Espíritu Santo es Maestro de oración. “Nadie puede decir: ¡Jesús es el Señor! Sino por influjo del Espíritu Santo” (1 Cor 12,3).  El Espíritu Santo no solo hace que oremos, sino que nos guía interiormente en la oración, supliendo nuestra insuficiencia y remediando nuestra incapacidad de orar. “La oración por obra llega a ser la expresión cada vez más madura del hombre nuevo, que por medio de ella participa de la vida Divina” (Dei verbum n.65).

Jesús es “el orante”. Es Hijo, antes que maestro y modelo. Vive en oración su condición de Hijo: alabanza, acción de gracias, petición. Jesús ora en los momentos cruciales de la implantación del Reino; en el bautismo, en el Tabor, en la elección de los Apóstoles, por la fidelidad de Pedro, la oración sacerdotal, en Getsemaní, en la cruz.  Con su oración Jesús mismo nos enseña a orar: “Padre Nuestro que estás en el cielo…”.

Ya en el Sermón de la Montaña, Jesús insiste en la conversión del corazón: la reconciliación con el hermano antes de presentar una ofrenda ante el altar, el amor a los enemigos y el amor a los perseguidores, orar al Padre en lo secreto, perdonar desde el fondo del corazón. Mucha es la fuerza de la oración, “todo es posible para quien cree” (Mc 9,23). Jesús nos invita a través de parábolas a orar en el Evangelio de Lucas, a orar insistentemente, sin cansarse, con la paciencia de la fe y la humildad del corazón que ora.

El día de Pentecostés, el Espíritu Santo se derramó sombre los apóstoles que perseveraban en la oración con un mismo espíritu (Hch 1, 14). Así, nuestras comunidades hoy deben de ser comunidades de oración, donde todos ofrecemos nuestro tiempo y cercanía al Señor, y a nuestros hermanos. Los cristianos somos hombre y mujeres de oración, sin la oración nada podemos, con la oración el Señor nos da la fuerza para seguir adelante manifestando a todos, “la alegría del Evangelio” (EG n.1.).

DIALOGAMOS JUNTOS

Mirada creyente

A lo largo de los siglos la oración ha estado muy presente en la Iglesia, desde las primeras comunidades a Santa Teresa de Jesús. Ella nos recuerda, con gran acierto, que orar es “tratar con amistad” con Dios. Hoy son muchas y diversas las formas de oración (tanto personal como comunitaria) que encontramos en las Escrituras y en la tradición litúrgica de la Iglesia, y que expresan las diversas actitudes del orante en su relación con Dios: adoración, petición, intercesión, acción de gracias, bendición y alabanza.

Jesús mismo nos enseña a orar: “Cuando te pongas a orar, entra en tu habitación, cierra la puerta, y ora a tu Padre que está en lo secreto” (Mt 6, 6). Aquí se manifiesta la sencillez y, al mismo tiempo, la grandeza de la oración. Todos podemos hacer oración, la oración nos alimenta el alma y nos ayuda a abrirnos hacia los demás.

Sabemos bien que la oración es un arte que requiere esfuerzo y aprendizaje. Es necesario aprender a orar uno mismo y dejarse acompañar en el camino de la oración. Para orar hay que colocar a Dios en el centro de nuestro vivir, amar, padecer y servir, tiene que ser como el respirar del alma.  El orante asume en oración toda su vida y la del pueblo que busca y mira el rostro de Dios en todo momento y en toda situación. También hay que orar desde el servicio y la misión. Orar sin interrupción. Toda nuestra vida debería ser una vida orante al servicio del Pueblo de Dios y de toda la sociedad.

Decimos siempre que vivimos en una sociedad donde el tiempo es oro. Vivimos en medio de una sociedad liquida, donde los días se suceden con mucha rapidez, con gran velocidad. Sin embargo, la oración necesita tiempo, silencio, paz, aunque podemos orar en cualquier sitio, es ante el Sagrario donde nos encontramos con Jesús vivió. No podemos dejar solo a Jesús-Eucaristía, Él está siempre esperándonos, sin cansarse, por si alguna vez queremos ir a su encuentro. ¿Qué es para ti la oración? ¿Cómo es tu oración, cuándo y dónde oras? ¿Cómo podemos hacer presente la vida de oración en medio de nuestra sociedad, de nuestras comunidades, de nuestras familias?

Reflexión desde la vida cristiana

Debemos de repensar como es nuestra vida de oración, de trato con el Señor. Hemos de vivir cada día profundamente la llamada de Dios en nuestra vida, para ello, tenemos que acostumbrarnos a mirar la vida con ojos de fe. Reflexionando sobre cómo está nuestra vida de oración, hoy, aquí y ahora.

A la hora de revisar nuestra vida de oración, o incluso de iniciarla, a pesar de los muchos años como cristianos, tenemos que confrontarla con lo que Jesús nos ofrece en el Evangelio. La vida de oración se nos presenta como una necesidad primordial para la vida cristiana. El resultado no depende de nuestras fuerzas, de nuestra propia capacidad de hacer. Dios nos pide una colaboración real a su gracia, pero sin olvidar nunca que sin Cristo “no podemos hacer nada” (Jn 15, 5).

Para iniciar la oración siempre es útil tomar un texto que nos ayude (desde los textos evangélicos o bíblicos, a vidas de santos, experiencias…) para hacer de la oración una parte integrante de nuestra vida. Elige un texto, ora con él y señala que llamadas te hace para mejorar tu vida de oración.  ¿Qué debo de cambiar para que mi oración, sea clave en mi vida cristiana y me ayude a vivir la fe en plenitud?

Un compromiso abierto a los demás

Hemos de amar la oración y practicarla constantemente. Por eso hemos de pasar de las palabras a las obras. Aquí es cuando entra en juego la voluntad, de quien se decide libremente a actuar. Ejercitamos la esperanza, por lo que confiamos en que, si hacemos lo que podemos, Dios nunca falla. El camino de oración es un camino de amistad con Dios. La oración nos lleva a una vida nueva, que nos anima en cada momento a seguir caminando.

Todos somos conscientes que nuestra vida de oración, en muchas ocasiones, tiene que ser avivada. Nuestra experiencia nos dice que tendemos a olvidar al que es nuestra Vida, nuestro Todo, siendo así que “es necesario acordarse de Dios más a menudo que respirar” como nos recuerda san Gregorio.  Hemos de orar “en todo tiempo”, con particular dedicación, en algunos momentos como por ejemplo en los tiempos litúrgicos fuertes, con mayor intensidad y duración.

Sin duda, si nos comprometemos a orar más nuestra vida recibirá una gracia especial, porque si queremos vivir en la presencia de Dios continuamente necesitamos concretar nuestro tiempo de oración. Y esto nos llevará a otros compromisos más concretos en medio de nuestra vida. ¿A qué nos podemos comprometer para ir haciendo realidad en nuestro mundo el plan salvador de Dios?

VÍDEO DE LA SESIÓN DEL FORO PERMANENTE ONLINE

(*) Estos textos están inspirados en el Itinerario de Formación Cristiana de Adultos – Ser cristianos en el corazón del mundo-, de la Conferencia Episcopal Española, publicados por la Editorial EDICE.

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