La partitura interior. Una novela cuyo protagonista es un cura

Un escritor francés se atreve con una novela cuyo protagonista es un cura

Reginald Gaillard, un cuasi desconocido, está dando que hablar en los círculos intelectuales de la vecina Francia. Profesor de secundaria, impulsor de al menos tres revistas y fundador de la editorial Corlevour, ha publicado tres poemarios y su condición de poeta es muy palmaria en La partition intérieure, su primera novela aclamada por la crítica francesa.

Memorias de un viejo sacerdote

Sorprende de entrada que el protagonista sea un anciano sacerdote que el sábado Santo de 2012 rememora su vida en el pequeño pueblo de Revermont, “con la esperanza de que no desaparezca del todo de nuestras débiles memorias” (p. 132). Parisino, desterrado por su obispo del paraíso urbano, allí recaló en el 69 sin demasiado entusiasmo rozando los treinta años. Allí transcurrió su existencia y el medio transformó sus planteamientos haciéndole madurar en el contacto de los marginados: bien por su condición “especial” como en el caso de Charlotte, una mujer “retrasada” que vive en su mundo solitario en contacto con los muertos cuyas tumbas cuida en el cementerio; o bien por su condición atormentada, como el compositor parisino Jan, que se ha refugiado en la provincia para crear su obra y al que persigue el fracaso (en la línea de V. Woolf escribe obsesivamente cada día y lo rompe a continuación). La historia alternativa de estos dos personajes articula el texto y resume, en su excepcionalidad, las anécdotas de la vida pueblerina. El mensaje es claro: como en el Evangelio prostitutas (o al menos marginales) y publicanos nos precederán en el reino de los cielos, “Solo la inocencia en Cristo permite el advenimiento de lo imposible” (p.131): algo que se aplica a Charlotte, mujer de la que el protagonista aprenderá casi todo. Las dicotomías habituales funcionan muy bien: frente a la urbe “civilizada”, el campo aparentemente “dejado de la mano de Dios”. Pero que tiene mucho que aportar a quien se aplique a ello con humildad: “Señor,  (…) guía nuestros pasos, ayúdanos ahora que ya no estoy seguro de nada” (p. 105).

Las dos primeras páginas sitúan las claves y dan al lector la textura de un relato reposado, denso, profundo, centrado en la exploración del interior de las personas, desde la óptica del protagonista. Estamos lejos de los sacerdotes de Bernanos o los personajes de Mauriac, en el desierto de una fe que se escapa o nunca se alcanzó. Aquí ese grito “Señor, Señor ¿por qué me has abandonado? (p. 219) “Señor, llevo en la cruz mi cólera y te grito a ciegas” (p. 225), arranque de un magnífico capítulo en cursivas bajo el título DIES IRAE (pp. 225-232) situado en la recta final de la novela, se contrarresta con la rendida entrega de una libertad que a veces pesa al sacerdote: “Allí donde esté, te serviré. Si me has puesto aquí es porque juzgas que mi acción será aquí más útil que donde estaba hasta ahora” (p. 27). No en vano, se trata de un converso cuyas armas serán en adelante, silencio, escucha y oración. Porque ”estar ahí y dar testimonio de Cristo es ya un acto de resistencia y de reconquista” (p. 71). Excelente mensaje para la dura tarea de los sacerdotes hoy.

Diálogo con la Divina Providencia

Es obvio entonces que las primeras páginas también le dan al lector el punto de vista del relato, porque el destinatario explícito no es otro que el Señor, la Divina Providencia con la que se establece un diálogo continuo. En ese sentido, la novela es una confesión, un ajuste de cuentas al final de la vida en la línea de Nudo de víboras de Mauriac: un diálogo a tres bandas entre el protagonista, Dios y los demás. El primero va progresivamente despojándose de su yo para “desposarse” con los humildes (tantas veces violentos por exceso de dolor), los sepultados por el polvo de la historia que asume en su escritura como acompañó en su vida. Porque no en vano el sacerdote es Cristo en su vida terrena, e intercede ante el Altísimo:

…esa obra anónima llevará la promesa de tu firma, Señor, el último día. Que ese día, una vez llegado, puedan no quedar desencantados, pues la mayor parte lo estuvieron a todo lo largo de su miserable vida. Han sufrido tanto y esperado tanto también. No los decepciones, te lo ruego… Que hayan sido cristianos o paganos, qué importa finalmente: no fueron tan malos, te digo, pese a sus faltas, pese a las palabras insensatas que no respondían a su pensamiento. He hecho lo que he podido para llevarlos a ti; acógelos pese a todo (pp. 10/11).

La búsqueda de la belleza

Dos tiempos (presente y pasado) en los trece capítulos sin numerar, precedidos de una introducción y culminados por un breve epílogo constituyen el flashback de toda una vida, la del sacerdote, condensada a través de cuidadas descripciones y sumarios narrativos, con un léxico cotidiano pero exquisito y una capacidad de sugerencia poética notable. Este punto de vista alterna con fragmentos del diario de Jan “Algunas notas de fuego”, que en dos ocasiones ofrece un contrapunto en su tortuosa búsqueda de la belleza. Su fracaso tiene que ver con “la historia de una mujer que atormentó su vida, quizá hasta destruirle lentamente e impedir que naciese su música” (p, 164). Las páginas de su diario ahondan en el misterio de la creación artística. La belleza es central, “solo lo bello hace más grande al hombre” –dirá Jan (p.158); “embellecer la vida es dar gracias a Dios” –dirá el protagonista (p. 53)-.

En resumen, una novela que se imbrica en la tradición francesa, con una vuelta de tuerca muy personal, algo que vio muy bien su traductor, José Antonio Millán Alba, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, especialista en Baudelaire y la modernidad y traductor de Chateaubriand y otros, además de creador con su novela En penumbra (Encuentro, 2006). Que ha sabido detectar una novela imprescindible para el hombre de hoy que se angustia por muchas de las cuestiones que afloran aquí (el dolor, la libertad, el amor, la relación con lo divino…). No en vano, el autor es un converso del protestantismo, muy capaz por su trayectoria de asumir las miserias de los hombres con la misericordia, trasunto del amor divino. Y que con este libro tal vez ha puesto en práctica la petición de su protagonista: “concédenos gastar nuestra fe y las fuerzas que tenemos a imagen tuya en servicio de tu creación” (p. 227).

María Caballero


Reginald Gaillard, La partitura interior. Traducción y notas de José Antonio Millán Alba.

Madrid, Encuentro, 2019 (Premio Literatura católica francesa 2018)

ISBN: 978-84-9055-968-0

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