¿Qué pasa en el mundo?

Todos los años el Papa recibe, al empezar el año, al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede. En esa recepción pronuncia un discurso de salutación que despierta gran interés por lo que supone de análisis de la situación mundial. No suele ser muy largo pero sí muy denso.

En este año el papa Francisco confesó que quería  reflexionar junto a todos los diplomáticos sobre la situación de nuestro mundo, bendecido y amado por Dios, y, sin embargo, cansado y afligido por tantos males.

En primer lugar hizo un relato de sus viajes a lo largo de 2015 resaltando que el hilo conductor de todos ellos era la misericordia añadiendo que toda experiencia religiosa auténticamente vivida promueve la paz.

En la “reflexión compartida” que quería hacer con el Cuerpo Diplomático criticó el espíritu individualista que hace crecer la indiferencia hacia el prójimo haciendo que las personas sean pusilánimes y cínicas.

Animó el Papa a los diplomáticos a reflexionar conjuntamente sobre la grave emergencia migratoria que afecta a Europa, norte y centro de América y algunas regiones de Asia para discernir sus causas, plantear soluciones y vencer el miedo inevitable que acompaña un fenómeno tan consistente e impotente.

El hambre, las guerras y las inclemencias del tiempo provocan millones de desplazados anualmente ante la indiferencia de muchas personas y los gobiernos: son la consecuencia de “la cultura del descarte” que sacrifica a estas personas a los ídolos del beneficio y del consumismo, según el Papa. Es grave no considerar a las personas como un valor que hay que cuidar y respetar, especialmente si son pobres, discapacitadas, ancianas o no nacidos.

Es necesario, afirmó Francisco, un compromiso común que acabe de una vez con esta cultura del descarte de tal manera que nadie se sienta descuidado u olvidado por falta de recursos económicos y, sobre todo, por falta de voluntad política.

No se puede seguir instrumentalizando a las personas débiles con fines egoístas o cálculos estratégicos y políticos, reduciéndolas a objetos de mercadeo. Cuando la migración no se puede hacer de forma regular aparece la trata o el contrabando de personas humanas con el grave peligro que esto representa para sus bienes, su dignidad o incluso su vida. Es necesario detener este tráfico de personas.

Gran parte de las causas que provocan la emigración se podían haber ya afrontado desde hace tiempo. Para ello, habría que poner en discusión costumbres y prácticas consolidadas, empezando por los problemas relacionados con el comercio de armas, el abastecimiento de materias primas y de energía, la inversión, la política financiera y de ayuda al desarrollo, hasta la grave plaga de la corrupción.

Reconoce el papa que muchos emigrantes ven a Europa como un referente por sus principios de igualdad ante la ley, por el respeto a la dignidad de las personas, la libertad de conciencia y la solidaridad entre sus semejantes y pide el papa que ante los desembarcos masivos en sus costas no ponga en peligro el “espíritu humanista” que siempre ha tenido. Europa, con su gran patrimonio cultural y religiosos no debe dejarse llevar por el miedo, el egoísmo, el recelo ya que  tiene los instrumentos necesarios para defender la centralidad de la persona humana y encontrar un justo equilibrio entre el deber moral de tutelar los derechos de sus ciudadanos, por una parte, y, por otra, el de garantizar la asistencia y la acogida de los emigrantes.

Hay que tener en cuenta que el extremismo y el fundamentalismo se ven alimentados no solo por la instrumentalización de la religión en función del poder, sino también por la pérdida de ideales, la falta de identidad, incluso religiosa que caracteriza a Occidente. Este vacío provoca que se vea al otro como un peligro, como un enemigo. La acogida puede ser una ocasión para que tanto el que acoge como el acogido abran sus mentes y se acostumbren a respetar los valores de uno y otro. Supone un importante desafío cultural que no se puede quedar sin respuesta.

El papa resalta asimismo algunos hechos positivos que han tenido lugar en 2015 como el acuerdo sobre el programa nuclear iraní, el acuerdo sobre el clima en la Conferencia de París que nos lleva a todos a promover una “cultura del cuidado”, los intentos de pacificadores en la República Centroafricana, las conversaciones de Chipre para poner fin a una larga división, los esfuerzos en Colombia para superar una dilatada historia de violencia…

El reto principal que nos espera es, sin embargo, el de vencer la indiferencia para construir juntos la paz, que es un bien que hay perseguir siempre.

 

 

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